En los arrabales del barrio hay un murallón lúgubre, y aparentemente inexpugnable que encierra al negro Baldío del Olvido. Allí van a parar las palabras que son abandonadas en las veredas y calles por descuido o imposición. Pero algunas cuadras hacia el sur, como volviendo al corazón de la barriada, se abre la Plazoleta del Rescate, donde llegan las que logran ser recuperadas de la oscuridad del baldío con el amor, el trabajo y la memoria de los vecinos.
“Soberanía” es un concepto que fue perdiendo entidad y peso a lo largo de doscientos años de historia. Desde una concepción muy tradicional se la confinó a una territorial idea de frontera. Se la vació de contenido porque le sacaron a la mujer y al varón, la deshumanizaron. Fue disecada y guardada en un estante del que sólo salía para ciertas formalidades y desfiles. Así permaneció durante la mayor parte de nuestro tiempo. Y cuando algunos pocos intentaron rescatarla a la vida, más temprano que tarde las guardias pretorianas del olvido la regresaban al encierro.
Cuando Rosas, Mansilla y aquellos bravos héroes de la Vuelta de Obligado enfrentaron a la flota inglesa en 1845, no lo hacían para impedir la navegación por la navegación misma. Claro que no. Sabían que la mayor parte de aquellas embarcaciones cargaban productos elaborados en Europa, y que serían introducidos al país en nombre del liberalismo económico, también recién nacido en el viejo mundo. Eran conscientes de que si no lograban detenerlos sería el derrumbe de la incipiente industria local y de las artesanías del interior del país que venían desarrollándose durante la última década, como consecuencia de la Ley de Aduanas y del bloqueo impuesto por las mismas potencias. Esa defensa desesperada desde las riberas del Paraná significaba proteger al trabajo, es decir, a la dignidad de la gente.
Aquella tercera invasión inglesa fue rechazada, pero lamentablemente la cuarta no, que ni tan siquiera era tal. Adhiriendo a la División Internacional del Trabajo propuesta por Gran Bretaña; Mitre, Sarmiento, Roca y su generación del ochenta, abrían nuestros puertos a la libre introducción de productos ingleses a cambio de materias primas. Era la Argentina agro-exportadora y el fin del proyecto de industria local. Luego vino el siglo XX con sus vaivenes: cada vez que parecía resurgir el sueño de la industria, el trabajo y la soberanía, volvían las oligarquías con sus golpes de Estado, proscripciones y fraudes patrióticos. Si se hace el estudio pormenorizado de cada período de nuestra historia, surge una constante: a mayor liberalismo económico (Pinedo, Alzogaray, Martínez de Hoz, Cavallo, etc., etc.,) menos trabajo y más ocultamiento de la soberanía.
Trabajo y soberanía son conceptos que guardan una estrecha relación. Del mismo modo que la guardan “soberanía personal” y “soberanía nacional”. Una persona que accede al conocimiento, a la salud y al trabajo tiene garantizada la igualdad de posibilidades y adquiere dignidad, esto es: SOBERANÍA. A partir de esta virtuosa situación personal, la actitud hacia la SOBERANÍA NACIONAL llega por añadidura. El sentimiento soberano va desde el individuo al colectivo, nunca al revés. Hoy muchos jóvenes y no tanto, comenzamos a recobrar la esperanza, en coincidencia con la recuperación de la industria y el trabajo en el país. Mañana celebraremos por primera vez el día de la Soberanía Nacional. ¿Casualidad o causalidad? ¿Será que estaremos recuperando la palabra desde el Baldío del Olvido a la Plazoleta del Rescate? Amor, trabajo y memoria. Ojalá. Así sea.
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